Desde los primeros asentamientos argáricos de la Edad del Bronce hasta convertirse en un municipio moderno y próspero, Santomera ha demostrado que la constancia y el amor propio de un pueblo mueven montañas — y derriban fronteras administrativas.
La tierra santomerana ha sido hogar de humanos desde la Edad del Bronce. Cada civilización que pasó por aquí dejó su huella: argáricos, cartagineses, romanos, visigodos y árabes moldearon estas tierras antes de que llegaran los repobladores medievales.
El yacimiento de Cobatillas la Vieja, en el término municipal de Santomera, acredita presencia humana desde la Edad del Bronce. Un poblado argárico en altura dominaba la vega, aprovechando la posición estratégica entre la sierra de Orihuela y el valle del Segura.
En 1272 aparece por primera vez el nombre "Santomera" en los documentos de Alfonso X. Jaime I de Aragón repobló la zona con catalanes y aragoneses, recibiendo cada familia lotes de tierra. El nombre sigue siendo un misterio histórico con tres teorías: árabe, griega o francesa.
De la Santomera islámica queda el Molino de Agua de El Siscar, construido sobre la acequia Zaraiche. La compleja red de acequias que riega la huerta santomerana tiene en gran parte origen árabe. La palabra "acequia" viene del árabe as-sāqiya.
A partir del siglo XVIII, la explotación citrícola transformó Santomera. Sus limoneros y naranjos cubrieron la huerta, ganándose el apodo de "Limonar de Europa". El limón sigue siendo hoy el principal producto agrícola del municipio y un símbolo de identidad santomerana.
Ningún capítulo de la historia de Santomera está más grabado en la memoria colectiva que el de las riadas. La Rambla Salada y el río Segura causaron tragedias que marcaron generaciones enteras — hasta que la ingeniería puso fin al drama.
La riada de Santa Teresa fue la mayor catástrofe natural de la historia del sureste español. Una tromba de agua devastadora originada en la Sierra de Vélez llegó al Guadalentín, desbordó el Segura y arrasó toda la Vega de Murcia. Los pueblos de Aljucer, Nonduermas, Alcantarilla, Santomera, Beniel y muchos más desaparecieron casi por completo.
En Santomera el agua llegó cerca de la acequia Zaraiche provocando enormes pérdidas materiales. La bola de pimiento y el trigo, las cosechas más valiosas, quedaron arrasadas, amenazando a los hogares con un invierno de miseria. La solidaridad internacional fue sin precedentes: en París se organizó una gran fiesta benéfica y se editó la revista París-Murcie con los mejores escritores y pintores de la época. El rey Alfonso XII visitó los pueblos devastados cinco días después.
Esta es la riada específica de Santomera. La crecida de la Rambla Salada fue agravada por la acción humana: varios propietarios habían terraplenado zonas de desagüe natural para ampliar sus campos de cultivo, acumulando el agua sin salida. En pocas horas, el agua arrasó el casco urbano causando 31 muertes.
Los titulares de la prensa nacional lo decían todo: "Catástrofe en Santomera. Inundaciones. Muchos ahogados" (El Liberal). La Verdad: "La inundación de Santomera reviste caracteres de verdadera catástrofe". La solidaridad de los santomeranos que arriesgaron sus vidas para salvar a sus vecinos fue la única luz en aquella noche negra. El Gobernador y el alcalde llegaron esa tarde acompañados de marinos con lanchas de salvamento enviadas desde Cartagena.
La última gran riada que castigó Santomera fue también la que cambió todo. La repercusión mediática fue enorme — La Vanguardia publicó en portada una fotografía a toda página. El Diario Línea tituló: "Santomera arrasada por las aguas". Esta tragedia fue el detonante definitivo: dos años después, en 1949, comenzaron las obras del embalse de Santomera. Ya nunca más una riada causaría muertos en el municipio.
Construido a 6 kilómetros del casco urbano junto a la autovía del Mediterráneo, el embalse de Santomera fue la respuesta definitiva al drama secular de las inundaciones. Antes incluso de su terminación, ya retuvo una riada en 1964. En abril de 1967 aguantó 1.300.000 m³ que en el pasado habrían destruido el pueblo. Hoy es un lugar de belleza natural declarado LIC y ZEPA — morada de flamencos, garza real, martín pescador, ciervo y lirón careto. La misma naturaleza que durante siglos fue enemiga, hoy es un tesoro ecológico.
Ningún capítulo de la historia reciente de Santomera es más apasionante que el de la conquista de su independencia. Un pueblo entero luchando durante décadas para tener lo que cualquier comunidad merece: gobernarse a sí misma.
Los vecinos de Santomera se reúnen en una Asamblea Popular masiva donde expresan sus "irrenunciables aspiraciones" a tener ayuntamiento propio. Nace la Comisión Pro-Ayuntamiento, apoyada por todos los vecinos, con la misión de construir un expediente sólido que demuestre la capacidad del pueblo.
Por primera vez en la historia, los santomeranos llenan masivamente el anfiteatro público del Consistorio murciano. El nombre quedó: "Pleno de las Pajareras", por el ruido de aquella multitud. La respuesta del Ayuntamiento de Murcia fue la más dura posible: un lacónico "archívese". La indignación fue el combustible de los años siguientes.
El expediente viajó del Ayuntamiento de Murcia al Gobierno Civil, de ahí al Ministerio de Gobernación y finalmente al Consejo de Estado. El científico santomerano Octavio Carpena Artés, con sus influyentes contactos en Madrid, fue decisivo en la fase final. La Comisión Pro-Ayuntamiento no se rindió nunca.
El 29 de septiembre de 1978, los ministros del Consejo de Estado aprobaron la resolución que hacía de Santomera el municipio número 44 de la Región de Murcia. La noticia llegó el mismo día de las fiestas de la Virgen del Rosario. Fue la fiesta más grande de la historia del pueblo.
Las primeras elecciones municipales libres de Santomera como municipio independiente. Un presupuesto de 32.752.004 pesetas (unos 197.000 euros actuales), un secretario —Antonio Martínez Blanco—, y una determinación enorme. Desde entonces, Santomera ha crecido de 8.000 a más de 16.000 habitantes.
A lo largo de su historia, Santomera ha dado al mundo personas de extraordinario talento y compromiso que han dejado una huella imborrable en la ciencia, la cultura y la historia local.
El hijo más ilustre de Santomera. Primer catedrático de Química Agrícola de España, fundador del CEBAS (Centro de Edafología y Biología Aplicada del Segura), Secretario General del CSIC, primer Presidente de la Sociedad Internacional de Citricultura e impulsor del trasvase Tajo-Segura. Sus influencias en Madrid fueron determinantes para conseguir la independencia municipal de Santomera en 1978. Medalla de Oro de la Villa en 1998. El segundo instituto de Santomera lleva su nombre.
Presidente de la Comisión Gestora que gobernó Santomera en sus primeros meses de vida como municipio independiente (diciembre 1978 - abril 1979). Articuló las transferencias de servicios con Murcia, nombró los primeros empleados municipales, consiguió subvenciones y aprobó el primer presupuesto municipal: 32.752.004 pesetas. Constructor del Santomera libre.
Cronista e historiador local, autor de los principales trabajos académicos sobre la historia de Santomera: "Bosquejo Histórico", "La Riada de Santa Teresa" (2004) y "Cabezo de la Mina" (2005). Su labor ha sido fundamental para preservar y divulgar la memoria colectiva del municipio.
La Banda Musical Euterpe de Santomera es un referente cultural del municipio. Primer Premio en el Certamen Regional de Bandas de Música (Bullas, 2003), bajo la dirección de José Antonio Molina Riquelme, y Segundo Premio en Cartagena (2005). Sus conciertos llenan hasta el último asiento del Auditorio Ginés Abellán de Santomera.
Santomera ha superado riadas que arrasaron sus casas, siglos de dependencia administrativa y décadas de lucha burocrática para conquistar su libertad. Y aquí está, más vivo que nunca. Ese mismo espíritu — el de un pueblo que no se rinde — es el que construirá el Santomera de las próximas décadas.
El municipio crece de forma sostenida, camino de los 20.000 habitantes. Jóvenes familias llegan atraídas por su calidad de vida, su entorno natural y su proximidad a Murcia. El polígono industrial se consolida. El campo de hockey Antonio Morales atrae eventos nacionales. Las fiestas de Moros y Cristianos, declaradas de Interés Turístico Regional, proyectan el nombre de Santomera por toda la Región. Y una nueva generación de vecinos —la primera que nunca conoció el miedo a las riadas— construye el futuro sobre los cimientos que pusieron quienes lucharon tanto por tener un municipio propio.
El embalse protege el presente. La huerta alimenta la economía. La cultura festera une a la comunidad. Y la tecnología — con plataformas como esta — acerca el Ayuntamiento a cada vecino como nunca antes había sido posible.
Santomera lleva en su nombre el misterio de su origen y en su historia la fuerza de su destino. Lo mejor está por venir.